SENTENCIAS DE HASSAN AL BASRI

Bismi-l-Lâhi-r-Raḥmâni-r-Rahîm wa-s-salatu wa-s-salamu ‘ala Rasuli-l-Lâh wa ‘ala ‘alihi wa saḥbihi

¿Acaso se puede almacenar un océano de sabiduría en un bidón?

La figura de Hassan Basri, así como la Ais Qarani, Malik Dinar y Sufyan Tsawri has sido tomadas en rehén por un grupo conocido por todos que pregonan practicar el Islam de las primeras generaciones, cuando en realidad lo que practican es un Islam deformado y empequeñecido, un Islam de bolsillo a su gusto y albedrío, al que han desprovisto de su enorme espiritualidad y relevancia, convirtiéndole, al igual que hicieron los judíos con la Tora en una serie de normas legales y poco más.

Es así, que en este escrito, tal y como en el precedente sobre Sufyan Tsawri, como en aquellos que vendrán más adelante, in ša’a Allâh, presentamos al Hassan Basri pleno de conocimientos extraordinarios procedentes de Allâh, que hacen de él una de las figuras más relevantes del Islam, después de los compañeros allegados del Profeta – sobre él la plegaria y la paz -.

tumbahassanbasri

Tumba de Hassan al Basri

Iniciado en la ciencia del Tasawwf por Ali Ibn Abi Talib – que Allâh ennoblezca su rostro – se encuentra en la mayor parte de la silsilas, exceptuando la de la Oden Qadiriyya que procede de Abu Bakr Siddiq – que Allâh esté satisfecho de él. Hassan al Basri fue además un hombre de referencia, no solamente para los sufis, sino para los ‘ulama quienes bebieron de sus enseñanzas. Contemporánero de Rabi’a Al Adawiya y de Zawban fue junto con ambos lo mejor de aquella generación; ejemplo para la Humanidad.

Su madre era sirviente de la esposa del Profeta Umm Salama. De pequeño, cada vez que su madre estaba ocupada y se ponía a llorar, Umm Salama le daba el pecho. Se cuenta que debido a lo que bebió de dicho seno adquirió la enorme sabiduría de la que hizo gala durante toda su vida.

Un día, siendo muy pequeño, fue sorprendido bebiendo del odre del Profeta. Cuando Rasul llegó a casa y se lo contaron, dijo: “Tanta agua ha bebido de este odre, tanto de mi ciencia le corresponderá a cambio”. En una ocasión el profeta le sentó sobre sus piernas y pidió a Allâh bendiciones por él; y es gracias a esta plegaria que Allâh otorgó a Hassan un rango tan elevado.

Su nombre fue sugerido por Umar Ibn al Jattab, quien recomendó a su madre llamarle Hassan; llegó a relacionarse con 130 compañeros de los cuales 70 fueron combatientes en Badr.

Comenzó su vida de trabajo haciendo comercio con pedrería, de tal manera que las gentes le apodaron “Hassan el lapidario”. En una ocasión viajó al país de los Rum para hacer comercio, teniendo como tenía buenas relaciones con un visir de este imperio. Un día el visir le dijo: “Hoy tenemos que salir de la ciudad e ir  a cierto lugar, ¿nos acompañas?” – “Sí – respondió Hassan – iré”. Habiendo observado un espectáculo inenarrable, de la aflicción que el rey de los Rum sentía por la pérdida de su hijo; viendo la desesperación en la cual este hombre se debatía, Hassan fue tocado en el fondo del corazón, y vio a este mundo como una casa de desdichas y desplaceres. Es entonces que se prometió a sí mismo no tener aspiraciones dentro de este mundo y soportar pacientemente todas las pruebas a las que Allâh tuviera a bien someterle, no esperando nada de las criaturas y poniendo todas sus esperanzas en El. Tan grande fue el grado que alcanzó que los hombres de religión de su época todos coincidían en el hecho de que ellos siempre necesitaban sus consejos, mientras Hassan no necesitaba nada de nadie excepto de Allâh Altísimo.

En Basora, una vez por semana, daba un sermón y el pueblo se reunía para escucharle. En una ocasión se le preguntó: “¿No te enorgullece ver esa cantidad de gente que se reúne para escucharte?” Y él respondió: “En absoluto, pero si a mi sermón acuden dos o tres derwich (hombres de la Vía espiritual) y se pueden beneficiar con mis enseñanzas, con ello sólo ya me doy por satisfecho”.

Cuando se le preguntaba cuál era la raíz de la religión respondía: “La abstención de toda mala acción y el temor del Señor Altísimo; y estas dos condiciones pueden ser viciadas por la avidez”.

Se le preguntó sobre los Jardines del Edén (Adn) y respondió; “Los Jardines del Edén son un solo y único paraíso de oro rojo, cuyos esplendores son solamente conocidos por Allâh. En este paraíso entrarán los profetas, los hombres puros, los mártires, los sultanes que hayan practicado la justicia y todos aquellos quienes en vida no hicieron entrar en sus corazones el amor por este bajo mundo”.

En una ocasión el buen jalifa Omeyya Umar Ibn Abdi-l-Aziz[1] le dirigió una carta pidiéndole consejo. A lo que Hassan respondió: “Abdu-l-Aziz si el Altísimo está contigo ¿qué tienes que temer? Y si no está contigo ¿en quién podrías tu poner tus esperanzas?”

Hassan al Basri dijo a Zahid Ŷâbir: “Hay tres cosas que debes hacer: 1/ Guárdate de mantener relaciones con los reyes; 2 / no guardes compañía con ninguna mujer; 3 / no prestes oídos a las palabras de otros; no sea que vayas a recoger chismes de todas partes.”

Malik Dinâr preguntó a Hassan Basri cuál era el final más triste para un sabio, a lo que Hassan respondió: “La peor de las desdichas para un sabio es que su corazón muera mientras que se encuentra en las tinieblas” – “Y esto – respondió Malik Dinâr les ocurre a los sabios que experimentan un amor exagerado por este bajo mundo”.

Un personaje venerable contaba: “Una noche, cerca del alba me puse junto a la puerta de la mezquita que frecuentaba Hassan al Basri, para hacer allí la plegaria. Vi que le puerta estaba cerrada, pero se escuchaba como Hassan al Basri hacía invocaciones, a las cuales varias personas respondía con “Amin”. Me senté fuera hasta que la aurora comenzó a brillar. Entonces puse la mano en la puerta, la cual se abrió, dejándome ver a Hassan al Basri completamente solo. Una vez terminamos de rezar el Subh, le pregunté sobre quien respondía “Amin” a sus súplicas. “Has de saber – me respondió -, que la noche del jueves al viernes los genios vienen a tomar una lección de mí a fin de iniciarse en la ciencia; y cada vez que yo pronuncio una invocación ellos dicen “Amin”.

Cada vez que Hassan al Basri pronunciaba una invocación, Ḥabib Abjami levantaba un poco el bajo de su jilaba como si fuera a recoger alguna cosa en ella diciendo: “Veo la Misericordia del Altísimo descender desde lo alto de los cielos”.

Hassan dijo un día a sus familiares: “Os parecéis a los compañeros del Enviado de Allâh – sobre él la plegaria y la paz –“; oyendo esto todos se regocijaron. Pero Hassan añadió: “os parecéis en vuestros rostros y en vuestras barbas pero en nada más. Es más, si los hubierais conocido, os hubierais visto como insensatos a su lado. Ellos, por su parte, si os hubieran visto no hubieran tratado de verdadero musulmán a uno solo de vosotros. Ellos en la práctica de la fe eran como caballeros montando rápidos corceles, o como el viento, o aún, como los pájaros volando por los aires, mientras que nosotros caminamos como si estuviéramos montados sobre asnos que tienen una plaga en su lomo”.

Decía: “Hay dos clases de paciencia: una consistente en soportar con coraje la aflicción y las calamidades, y no caer en las prohibiciones que Allâh nos ha impuesto; mientras la otra es la de no escuchar nunca las sugestiones del Chaytan. El paciente que merece ser tenido en cuenta es aquel quien lo es por amor a Allâh y no por temor del Infierno o amor del Paraíso.”

“Es necesario al hombre una instrucción sólida y práctica, y además tres cosas: 1/ La sinceridad; 2 / La paciencia; 3/ La moderación en los deseos. Aquel quien cumple con estas tres condiciones no será nunca frustrado en sus esperanzas; tendrá su parte en la Misericordia del Altísimo”.

Decía aún: “Los corderos y las ovejas son mejores que los humanos, pues cuando el pastor les llama, cesan de pastar; mientras que los hombres, oigan las veces que oigan, las advertencias del Altísimo, no se retienen de hacer el mal; el cual proviene siempre de las malas compañías”.

“La meditación es como un espejo, donde cada uno de quienes la practican, examinando su condición, ve reflejados en él sus virtudes y sus vicios”.

Decía: “Hay tres clases de gentes de las cuales podemos hablar mal en su ausencia sin que ello constituya maledicencia: 1/ los prevaricadores; 2/ aquellos que no distinguen lo lícito de lo ilícito y que se conducen a satisfacción por sus deseos desordenados; 3/ Los opresores.”

En una oración supererogatoria Hassan Basri decía: “Dios mío, me has concedido Tus gracias y yo no te he sido agradecido. Me has enviado pruebas y no las he soportado con paciencia. No me has retirado Tus favores por haber faltado al reconocimiento debido y me has suprimido las pruebas observando que no me alcanzaba la paciencia para soportarlas. Dios mío, ¡que grandes son Tu generosidad y misericordia!”

Hassan Basri no reía nunca. En el momento de entregar el alma sonrió una vez y exclamó: ¿Qué pecado, qué pecado? Y expiró. Alguien le vio en sueños y le preguntó: “Hassan tu que nunca sonreías, porqué lo hiciste cuando estabas muriendo diciendo: “¿Qué pecado, qué pecado? Hassan respondió: “Cuando estaba entregando el alma se hizo oír un ruido de voces diciendo: “¡Asra’il! Toma bien su alma, ella tiene aún un pecado; y yo, en mi alegría decía: “¿Qué pecado?” La noche misma en la que murió Hassan Basri un personaje venerable vio en sueños que se habían abierto las puertas del cielo y se exclamaba: “¡Hassan Basri acaba de llegar al Altísimo, Quien se encuentra satisfecho de él”!

Traducido por Abdul Karim Mullor

[1] Umar Ibn Abdi-l-Aziz era discípulo de Hassan al Basri en la práctica del Tsawwuf; cada cierto tiempo dejaba su palacio e iba a visitarle para pedirle consejo sobre su gobierno. Umar Abdi-l-Aziz tomó de su mano tal desprecio por este bajo mundo que se construyó una pequeña casa donde vivía con su esposa.

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