AL ANDALUS Y EL MITO DE AL MANSUR – Por Javier Astilleros

La idealización de Al andalus como tierra llena de bienes y bondades no es nueva. Comenzó casi desde el día en que se tuvo la conciencia de que algo se estaba perdiendo; con el añadido de que esa entidad compleja tuvo momentos de auténtica gloria, gracias a la confianza que generaba cierta prosperidad más la protección de las artes, las ciencias y la difusión y el desarrollo del conocimiento en su sentido tradicional.

En ese sentido, fueron muchos los autores que se preguntaron por las causas de la pérdida de un espacio de convivencia de ese calibre, donde se produjeron tantos logros como posteriormente desastres.

DOS CRÓNICAS PARA EL RECUERDO DE AL MANSUR: EL DIKER Y LA HISTORIA DE AL ANDALUS, DE IBN KARDABUS

almanzor

Vamos a analizar a través de estas dos crónicas la figura del héroe legendario tal vez más determinante de la historia peninsular: Al Mansur.

Y lo vamos a hacer desde la perspectiva de dos obras que difieren más de trescientos años en el tiempo, y que nos van a servir para recoger el pulso del estado de ánimo y otras cuestiones: El Diker (siglo XV) y la Historia de Al Andalus (XII), del muladí Ibn Kardabus.

Del autor del Diker poco se sabe. Hay quien se inclina por atribuirla a  Al Himyari, autor del Rawd al-quirtas, (El Libro del Jardín fragante), deudor de la obra del gran Al Idrisi.

En el Diker se narra la caída de Algeciras (1344) y se refiere a Almería, cuando escribe: “que Dios la preserve” es decir, esa antaño poderosa urbe andalusí estaba bajo control norteafricano/nazarí, lo cual no da una idea de la fecha en la que fue escrita, poco antes del 1485 d.c.

El Dkir es en realidad una obra subsidiaria del Ktab al ya raifa de Al Zuhri y del Tarsi al-ajbar de Al Udri, textos que el autor reproduce casi íntegramente, aunque suprimiendo algunos párrafos.

El tratamiento que recibe el caudillo andalusí de uno y otro autor difiere bastante. Mientras que el Dkir realiza prácticamente una exaltación a la figura del caudillo, previa glosa de su extirpe, y enumera las decenas de campañas victoriosas en la península, la Historia de Al andalus nos ofrece una visión mucho más novedosa.

El Diker describe la figura del caudillo como “de sobresaliente cultura, sabio, animoso, y valiente, conocedor de todas las ramas del saber, experto en el arte de la milicia,….victorioso…”( Dkir, 187, 188).

Para el autor del Diker, Al Mansur era un gran poeta, además de cumplidor, paciente, valeroso y orgulloso, tal y como atestigua en el relato (inédito) del entierro de un noble cordobés, “donde multitud de avispas invadieron los zaragüelles de Al Mansur, el cual no mostró señal de agitación ni dolor”. Anécdota nada desdeñable para captar el mensaje en todo su conjunto.

Al Mansur parece inaugurar una era del guerrero-héroe, donde su figura iba a sobreponerse a la legitimidad omeya. En realidad, representó “la última traca” del islam califal, que más tarde, tras las primeras taifas, será mediatizado por el componente amazigh norteafricano.

Es interesante la descripción de su ascensión al poder y los favores que Subh Umm walad, madre del niño-califa, concedió al amirí Al Mansur.

Se crea así un paradigma de líder militar y político con unas características de conducta arquetípica del conquistador musulmán, generoso, piadoso y audaz.

La corta descripción que realiza el autor respecto a Medina Zahira, así como su destrucción y otros fenómenos de carácter climatológico y desastres naturales, algunos inéditos, pero de dudosa verosimilitud, tal vez entronca con la pasión milenarista de origen cristiano, que pudo influir en la península.

El papel de la vasca Subh-madre de califas- resulta determinante, pues ella monopolizó los asuntos de palacio y de gobierno, las órdenes de esta mujer de origen esclavo, según nos cita el Diker (pp 189). La alianza entre estos dos personajes, incluso antes de la muerte de Al Hakam II, fue determinante para el ascenso al poder del amirí.

Según el Diker, durante el entierro de Subh, Al Mansur caminó descalzo y ante la tumba ofreció 500 mil dinares (pp 196).

Mucho más crudo, y creo que verídico, es el relato que realiza Ibn Kardabus sobre el ascenso al poder de Al Mansur. Hay que recordar que esta obra fue escrita a finales del siglo XII, pues se sabe que este autor de origen andalusí falleció en Túnez a comienzos del XIII.

“Cuando Ibn Abi Amir, que era extraordinariamente inteligente, sagaz y valiente, vio a Hixam mozo e inexperto, entonces vedó el acceso a él y lo mantuvo secuestrado…”

Sin duda Al mansur debió de ejercer el poder con gran sagacidad para dar un golpe de mano de tal calibre y aniquilar una dinastía Omeya que había gobernado Al andalus durante tanto tiempo (755-1031),  y que era sencillamente incuestionable.

Llama también la atención la idealización del caudillo en el Dkir, lo que contrasta con la realidad que presenta Ibn Kardabus.

Pero tal vez el texto más sorprendente y novedoso son las palabras que Al Mansur dedica a su hayib Kawtar Al fatá, a propósito de la situación de las marcas (fronteras) islámicas y su repoblación con musulmanes.

El Hayib le preguntó: ¿Por qué lloras, mi señor?! No llores!, y éste le respondió:

“Lloro por qué he perjudicado a los musulmanes, pues aunque me matasen y quemasen no se harían pagar todo lo que les debo”

“…y así, cuando el fatá sorprendido le interroga con extrañeza por este comentario , Al Mansur responde que, a pesar de haber repoblado y avituallado todas las marcas fronterizas de Al andalus, teme haber dejado una presa fácil para el enemigo”.

Al mansur recoge el concepto del limes fronterizo, conscientes de la función profiláctica que deben de ejercer, y reconociendo “que tendría que vaciar el país de los cristianos para que los musulmanes no fueran atacados”. Además con el agravante de la incapacidad de sus hijos para gobernar debido a la corrupción en la Corte.

Incluso profetiza el fin de Al andalus (p 86). ¿No resulta sorprendente que el caudillo Almanzor imaginara el fin de Al andalus precisamente en su máximo apogeo militar y político, con los reinos cristianos sumidos en un estado de postración bastante significativa, al menos postración militar?. ¿O es esto una apreciación de un autor que escribió 100 después de la caída de Toledo (1085), y a tan solo unas décadas de la caída de Córdoba (1236)?

Habría que preguntarse si Al Mansur dejó la puerta expedita para los guerreros de los reinos cristianos que surgirían poco tiempo después, además de unas marcas poco guarnecidas para un gobierno débil de Córdoba, tal y como testimonia Ibn Kardabus.

¿No es normal, que asumiendo estas dudas, sea el islam peninsular objeto de un deseo de conquista y de imitación guerrera, y aún política?.

La sustitución de la dinastía Omeya por la Amirí deja abierta una etapa de golpes de estado y la ruptura de la estabilidad, basada en la legitimidad de los Omeyas para gobernar Al andalus.

Representa el apogeo de Al andalus asociado a una fragmentación y posterior predominio norteafricano, vistos por algunos musulmanes peninsulares de origen muladí como extranjeros e invasores.

Aunque los norteafricanos aportaban cohesión a través de una doctrina religiosa definida y férrea,  este paradigma generaba rechazo entre los penínsulares.

Almansur propició una incuestionable primacía de Córdoba, sobre todos los reinos peninsulares, aunque también rompió el equilibrio, después de que desde el reino castellano y la corona de Aragón utilizaran parecidas tácticas para sembrar la discordia entre los reinos de Taifas (Primeras taifas).

J.as

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