PALABRA CERTERA PARA AQUEL QUIEN CRITICA AL SUFISMO – I – CHAYJ AL ALAWI

En el Nombre de Allâh – el Todo Misericordioso, el que Manifiesta Su Misericordia; y la plegaria y la paz sobre nuestro amadísimo Profeta Muhammad, así como sobre su familia purificada y sus nobles compañeros. Que Allâh santifique a los Emigrados y a los Ansares. Y que Allâh nos convierta es Sus siervos virtuosos.

INTRODUCCION

Hace dos años terminé la traducción de un libro, una joya titulada “Palabra Certera para aquel que critica el Sufismo”; su autor el sabio eminente del Islam, Iman e Ihsan, Aḥmad Ibn Mustafâ al Alawi – fundador de la Tariqa Alawiyya. Efectivamente, hace un siglo que el autor de la obra fundó dicha cofradía del Tasawwuf en la ciudad de Mostaganem – Argelia -, a la sazón ocupada por los colonizadores franceses. El chayj expandió en poco tiempo su cofradía, a la que fueron a converger varios eminentes ‘ulama de aquella época, así como un buen grupo de conversos europeos (franceses, suizos y suecos), quienes aprendieron a practicar el Islam y a descubrir su doctrina luminosa.

Hace 100 años, el Wahabismo se encontraba confinado a Arabia Saudita, pero de ese país salieron algunos imames que se repartieron algunas de las mezquitas de los otros países islámicos y comenzaron con su labor de minado del Islam. Una de estas “eminencias salafistas” fue el Imâm de la mezquita Zaytuna de Túnez, a quien se le ocurrió escribir un panfleto en contra de las prácticas de los sufís. No contó este hombre con que, no lejos de allí, a unos 1500 kilómetros, se encontraba el maestro de maestros de los sufís de la época, quien le contestó en esta obra maestra; una joya de retórica, un sol en materia de demostración y un dominio de las referencias del Corán y de la Sunna inigualables para nadie de su época.

En esta obra, el chayj encuadra perfectamente el Sufismo dentro del Qur’an y de la Sunna y le otorga el lugar de honor que le corresponde dentro de la Umma de Muhammad- sobre él la plegaria y la paz -.

Es una obra extensa que podría ocupar de 10 a 15 entradas, la cual considero esencial que sigáis, porque no solamente justifica y defiende el sufismo, sino que desbarata completamente los postulados wahabitas y salafistas.

Aquí tenéis pues la primera parte:

Abdul Karim Mullor

Introducción

Treinta y seis años de práctica en el sufismo me han servido para conocer su naturaleza profunda. Dicha práctica, siguiendo las huellas de la herencia profética, no limitándose únicamente al estudio de textos de los grandes maestros del tasawwuf, como son Ibn Arabi, Abdul Qadîr al Yilani u otros, me ha proveído de la posibilidad de realizar, con mayor o menor éxito, en mayor o menor profundidad, aquello lo cual en un principio aprendí de manera teórica. Por este motivo y porque el chayj al-Alawi es el fundador de la tariqa a la cual me encuentro vinculado desde el principio de dicha práctica, he comprendido que debía dedicar la introducción de esta obra a poner en evidencia las bases de las tesis en las cuales el autor se apoyaba en su argumentación en defensa de las prácticas de los sufis. Deseo, asimismo, enfocarla a poner en relieve el lugar central que ocupa el tasawwuf (sufismo) en la doctrina y las tradiciones islámicas.

El sufismo representa el culmen del Islam, su parte más elevada. Ahora bien, sería un error conceptuarlo como un ente separado del resto de las creencias y prácticas islámicas. Antes bien, podemos considerarle como siendo el sol el cual ilumina hasta los más recónditos rincones de la Ley, la Creencia y la Espiritualidad. Dice el Qur’an (Corán):

Y no he creado a los genios y a los hombres sino para que me adoren (Corán: 51-55)

La cima de dicha adoración es la unión con Allâh. Y dicha unión se realiza en virtud de la presencia del Ruh (espíritu) en el corazón del ser humano:

Y te preguntan acerca del Espíritu. Di: el espíritu procede de la orden de mi Señor y no se os ha dado sino un poco de conocimiento (Corán: 17-85)

Dicho espíritu es el punto de referencia del ser humano con respecto a su Creador. Efectivamente, la divinidad (Allâh) se manifiesta en cada una de las partículas de nuestro ser y de todo aquello cuanto nos rodea, así como en todo aquello lo cual nos trasciende:

Hemos creado al hombre y sabemos lo que su alma le susurra. Estamos más cerca de él que su vena yugular (Corán: 50-16)

Dicha cercanía no es percibida por el ser humano común. Sin embargo, sí lo es por nuestro espíritu, a pesar de que su percepción no pueda llegar indemne a nuestras facultades mentales ni a nuestro campo de visión. La razón de ello es la opacidad de nuestra alma (nafs), cuya presencia nos impide ver, con toda transparencia, aquello que se encuentra más allá de las capacidades de percepción, tanto sensoriales como psicológicas.

¿De qué manera se manifiesta la presencia divina en nuestro ser y en todo aquello lo cual nos rodea? Para explicar esto, el autor de nuestra obra propone el simbolismo de la tinta y la escritura. A través de la escritura podemos leer, comprender conceptos e inclusive adquirir conocimiento; no obstante la existencia de las letras, y por tanto de la propia escritura, sería imposible sin la tinta con la cual han sido escritas. Podemos decir que la presencia de la tinta en la escritura en un símbolo de la presencia divina en todas las cosas, si para ello consideramos las letras y sus conceptos como la existencia misma. Sin tinta no hay letras, sin Creador no hay creación.

Así pues, una vez explicada la presencia divina en todos los átomos de nuestro ser y de los seres vivos e inertes, es nuestra intención extrapolarla a la religión. Pero antes, digamos unas palabras con respecto a la adoración a la cual hace referencia nuestra primera cita coránica:

Adorar a Allâh (Dios) no es completamente posible sin conocerLe. No podemos adorar a Allah sino Le percibimos. Es así que dicha adoración se torna completa cuando el conocimiento de la divinidad es lo suficientemente real como para poderla contemplar. Dicha percepción se opera a través del pulido del alma (nafs), a fin de que la presencia de ésta no perturbe la visión de nuestro espíritu. Es éste, el solo capaz de contemplar las realidades divinas. Es por ello que tantos y tantos maestros han hecho incidencia en el hecho de que el conocimiento de Allâh no es externo al ser humano, sino que antes bien se encuentra dentro de él. Únicamente debemos disponer cada uno de los elementos de nuestra naturaleza en el lugar correspondiente a fin de que las luces divinas inunden nuestro ser:

Allâh es la luz de los cielos y la tierra (Corán: 24-35).

Para ello debemos exponer a nuestra alma (nafs) a la muerte a fin de que renazca mutma’inna (aceptada por Allah), como dijo el Profeta Muhammad – sobre él la plegaria y la paz-:

Morid antes de la muerte.

Este hecho se llama “extinción” de la voluntad particular en la Voluntad divina. De esta manera, una vez desprovistos de todo aquello lo cual nos impedía conocer a nuestro Señor, podemos verle a través de la luz la cual El ha depositado en nosotros mismos. He aquí pues lo que dice el Profeta con respecto a esto:

El que se conoce a sí mismo, conoce a su Señor.

Podemos considerar que el sufismo es al Islam lo mismo que el espíritu es al ser humano. Todo el proceso el cual nos puede llevar hasta el conocimiento de Allâh debemos pasarlo a través de él. Es pues dicha ciencia, la única cuya práctica nos puede llevar a la cima del conocimiento, a través de la educación de nuestra alma y el sometimiento de ésta a la voluntad de su Creador. Es precisamente cuando dicho sometimiento se convierte en total que el alma es expuesta a la muerte y a su posterior renacimiento como aceptada por su Señor.

La disciplina espiritual precisa de la ayuda obligada de un maestro (chayj); éste nos auxiliará y guiará en el recorrido de nuestro viaje al conocimiento. Dicha disciplina no se compone únicamente del estudio de la doctrina, ni de invocaciones en grupo o en solitario; sino que además entran en liza otros elementos importantísimos, los cuales por razones de espacio no pueden ser analizados aquí. Resumiéndolos, podemos decir que se trata en parte de vicisitudes, la concurrencia de las cuales, hacen aflorar los defectos de nuestra alma, a fin de poderlos conocer y combatir. Nuestro nafs (alma) nos muestra únicamente una pequeña porción de su naturaleza, quedando sumergido el resto. Es la práctica del sufismo, junto a un maestro espiritual experto, lo único que la podrá hacer salir a la superficie y situarla en nuestra línea de mira, a fin de hacernos posible el combatir sus caprichos y vaivenes.

En la práctica del Islam existen tres niveles. El más básico, llamado asimismo Islam, es el cumplimiento de los preceptos legales, expresados en el Corán y en la Sunna o costumbre del Profeta. El segundo estadio, llamado Iman, recoge el anterior, y remonta con él hasta la consecución de la obtención de las bellas cualidades, las cuales adornan al ser humano: veracidad, paciencia, constancia, generosidad, piedad, bondad, etc. Dichas cualidades se funden en el comportamiento global del creyente, en toda circunstancia, haciendo de él un ser humano íntegro e intachable. En cuanto al tercer nivel, llamado Ihsan, es exclusivamente dominio del sufismo. Dicho nivel recoge y engloba a los otros dos, integrándolos en una síntesis, donde todos los elementos se encuentran estratificados en su lugar, de tal manera que el más bajo de todos se encuentra en concordancia con el más alto, el cual le da su lugar propio y razón de ser.

Expongamos un ejemplo claro de esta simbiosis: La plegaria. El salat (plegaria) es un precepto legal: todo musulmán está obligado a rezar cinco veces al día en momentos determinados. Sin embargo, desde el momento en el cual un creyente quiere avanzar en su fe y desea agradar a su Creador, puede añadir plegarias supererogatorias, las cuales le harán desarrollar sus capacidades nobles y le liberarán de sus cualidades negativas, y esto releva del dominio del Iman. Si queremos llevar dicho salat hasta el nivel del Ihsan, entonces estamos obligados a entrar en  el dominio de las realidades no sensibles. La postura de inclinación significa el plegarse a la voluntad de Allâh, mientras que la postura de prosternación (suyud), indica la total sumisión a Allâh, tanto de nuestros actos como de nuestras voluntades y aspiraciones. Esta sumisión es llamada “extinción” (al-fana); por ella, el individuo muere a sí mismo y vive en Allâh

Un mismo acto ha servido para unir los tres niveles existentes en la religión (Din) del Islam. Este ejemplo nos sirve para construir alrededor suyo el edificio islámico. Todo se encuentra fundido en una simbiosis perfecta. Un sufí no puede ser tal si no cumple con los preceptos legales y no embellece su carácter, de la misma manera que un musulmán cualquiera no puede tener una visión certera de su religión sino admite al sufismo como siendo el corazón, a través del cual pasa el flujo del espíritu, transmitiéndolo a todos los miembros del cuerpo doctrinal. El Islam es el cuerpo, el Iman es el cerebro y el Ihsan (sufismo) es el corazón del Islam.

Es por ello que el chayj al-Alawi defiende al sufismo de los ataques furibundos de su censor. La doctrina salafi, representada por el autor de las críticas al sufismo, propone una visión absolutamente limitada del Din del Islam. Esta cortedad de miras proviene precisamente de su carácter político. La política se refiere al exterior de las cosas, al igual que el salafismo. El sufismo, gozando como gozaba hace 100 años, en tiempos del autor, de un lugar de privilegio en la sociedad islámica, resultaba para ellos un enemigo poderoso a batir. La sabiduría de los maestros sufis, siendo como era, extensa y profunda, no podía ser combatida de frente. La única táctica libre para los salafis, así como para sus primos-hermanos del alma, los wahhabitas, era la del insulto, el desprecio, la descalificación y la acusación de herejía. Para esto, la táctica que consideraron más práctica era la de destruir tradiciones proféticas; por otra parte las explicaciones del Corán dadas por dichas sectas son voluntariamente pueriles, a fin de tratar de rebajar el Islam a una simple doctrina de carácter legal, negando todo aquello cuanto podría trascender dicho nivel.

En la época del autor, dichas doctrinas no podían tener éxito alguno; no obstante, en la actualidad, han ganado terreno gracias a apoyos económicos con los cuales no contaban antes.

Esta es la visión estereotipada del Islam la cual llega a tomar cuerpo en nuestros días, a causa de las maniobras estratégicas de tales grupos.

Es por ello que esta obra es como un faro donde hay ausencia de luz. En ella se demuestra cómo todo lo practicado por los sufis procede del Profeta mismo y sus compañeros. Por ella se puede poner en evidencia la realidad de que todo cuanto se ha practicado y se practica en el sufismo posee una sólida base jurídica islámica. Cualquiera de los musulmanes, quien por ventura llegue a leerla, encontrará en ella un arma argumental capaz de hacerle vencer en cualquier debate el cual se le pudiera presentar.

Sin embargo, dicho escrito no se limita a defender el sufismo de los ataques externos, sino a clarificar su lugar en la sociedad, su utilidad a grandes y pequeños, a sabios y menos sabios. El chayj al-Alawi nos muestra asimismo su nobleza de principios y de carácter, la pureza de sus prácticas y lo sublime de su fin, el cual es el de poner en contacto con Allah, no solamente a los miembros de las cofradías, sino a la Comunidad toda entera.

He traducido esta obra utilizando el original en árabe con la inestimable ayuda de personas con autoridad en dicha lengua.

Pudiera ser que en algún momento la lectura sea densa; no olvidemos que nos encontramos en el campo de le retórica aplicada a una profunda y nada simple doctrina. No obstante, durante la traducción, he tratado de cuidar este aspecto a fin de que el lector pueda encontrarse lo bastante cómodo durante su lectura.

No crean ustedes que se trata de una obra para eruditos o expertos en la materia. Antes bien, la consideramos como igualmente útil a todos aquellos quienes deseen aproximarse a la doctrina del tasawwuf por vez primera.

A medida que iba trabajando en la traducción, he podido experimentar la hermosa impresión de sentirme cómplice del autor y sus postulados. He conseguido penetrar en el pensamiento del chayj al-Alawi y explicarme con él. Y ello en virtud de la amplitud del océano de conocimientos de los maestros del sufismo, quienes son capaces de acaparar y hacer entrar en él a todos aquellos quienes muestran una amplitud de miras suficiente.

El chayj al-Alawi es una de las figuras principales del sufismo de todos los tiempos. Nació en Argelia en 1869 y falleció en 1934 en la ciudad argelina de Mostaganem, en cuya zawiyya se encuentra su tumba. Su cofradía, creada por él mismo hace cien años, se ha diseminado por todo el universo musulmán. Debemos decir que numerosos europeos se hicieron discípulos suyos, debido al poder de atracción ejercido por esta figura tan relevante. No olvidemos que en aquellos tiempos Argelia formaba parte del protectorado francés en el Norte de África. Sus obras escritas, tanto en prosa como en verso, son numerosas. Podemos citar entre las más importantes:

El “Diwan” o libro de poesías místicas, el “Hikam” o sentencias de sabiduría, “El Árbol de los secretos”, “El Fruto de las palabras inspiradas” y “La Vía del sufismo” entre otras.

Su maestro fue el chayj al Buzidi, quien le dijo: “Llamarás a tu tariqa “alawiyya” porque contigo ella será la más elevada de todas” (‘alawiyya procede de ‘aliyya= elevada).

Aprendió el Corán de memoria en edad temprana y se dispuso a seguir la tariqa Isawiyya, cuyas prácticas habían degenerado en aquellos tiempos. Un día, cuando era joven, mientras se encontraba encantando una serpiente, siendo esta una de las prácticas degeneradas de dicha tariqa, acertó a pasar junto a él aquél quien algo más tarde estaba destinado a ser su maestro.

Cuando le observó de esta guisa, le dijo:

-Conozco una serpiente mucho más venenosa y peligrosa que esta con la que te estás aplicando ahora-. El chayj al-Alawi respondió: – Si es así como dices, dime dónde se encuentra, pues para mí esto sería un reto-.

El chayj Buzidi le respondió: – Ella es tu propia alma (nafs).

En pocos días el chayj al-Alawi fue al encuentro de chayj Buzidi y se puso a su disposición como discípulo. Pronto le fueron revelados los estados más excelsos de la Proximidad y sus discípulos comenzaron a venir de todos los puntos del universo musulmán, así como del continente europeo.

El chayj al-Alawi fue el re-vivificador del Islam del siglo XX, según un hadiz del Profeta, quien predijo la llegada de un re-vivificador de la religión cada siglo después de su partida.

Y ahora demos la palabra al chayj al-Alawi:

Abdul Karim Mullor

Palabra certera para aquel quien critica al sufismo

En el Nombre de Allah, El Todo Misericordioso, El Muy-Misericordioso

Alabanza a Allah, Quien nos ha eximido de las pruebas a las cuales ha sometido a buen número de Sus criaturas. Que la plegaria y la paz sean sobre el Profeta y su familia.

 Esta carta procede de un siervo de su Señor quien tiene muchos defectos a reprocharse: Ahmad Ibn Mustafâ al-Alawi – ¡que Allah le conceda Su gracia y le inspire, así como a los creyentes, el seguir la vía más recta!

 Su destinatario es el jurista reputado, el Shayj Sidi Uzman Ibn al-Makki, profesor en la gran mezquita de Túnez[1] – ¡que Allah le haga prosperar y le purifique de todo demonio rebelde!

Que la paz sea sobre usted, tan largo tiempo como muestre deferencia hacia los miembros de las cofradías: “Aquel quien venera lo que Allah ha declarado sagrado; ello forma parte del temor de los corazones[2].

He descubierto la epístola redactada por vuestra pluma titulada «El espejo que manifiesta los extravíos». Tomándola en consideración, la he repasado con atención, dando gracias a Allah de que aún queden personas firmes en materia de religión, gentes quienes no temen la censura de censor alguno, cuando se trata de Allah[3].

Ciertamente su título me molestaba algo en razón del término «extravíos», pero aquello lo cual yo ignoraba en ese momento es que el texto así titulado era todavía más molesto.

Lo poco que leí de él bastó para decepcionarme. Mi interés inicial se difuminó, tan pronto como que resentí una tristeza semejante a la alegría inicial. Me encontré a tal punto afligido que me faltó por exclamar: “Es absolutamente ilícito el llevar la mirada a un parecido «espejo», sea para contemplar sus extravíos o para cualquier otra cosa”. Esto, en virtud de los ataques y atentados al honor los cuales contiene vuestro «espejo». Poco le falta para que rebose de cólera: hacia las gentes del Recuerdo[4], lanzando llamas de la talla de una fortaleza y que su discurso febril destruya a los creyentes. Trataba por todos los medios el distinguir a la obra del autor; pero, en todo momento, la idea prevaleciente era que un discurso es siempre el reflejo de su autor, al igual que la lata mantiene siempre el olor de las sardinas.

Las mentiras que contiene vuestro «Espejo», así como el carácter inmoral de su contenido, constituyen un atentado al honor de las gentes del vínculo con Allah: usted las ha calumniado de forma categórica. Es así que el Celo divino y el fervor que dedico al Islam me han motivado a escribirle, por veneración de estos miembros de las cofradías a los cuales usted ha caricaturizado. Acudiendo al auxilio de las gentes del Recuerdo a los que usted ha traicionado, no hago otra cosa que poner en práctica la palabra[5] siguiente del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – : “Quien asiste a la humillación de un creyente, sin acudir a su ayuda en tanto tiene medios de hacerlo, Allah le humillará delante de testigos el Día de la Resurrección”.

En el Sahih se relata, según Abu Umama, que el Profeta ha dicho igualmente: “Quienquiera haya defendido el honor de su hermano verá su rostro rescatado del fuego el día de la Resurrección.”[6]

 Estos hadices tienen un alcance general: el honor de todo creyente, quienquiera que sea, debe ser defendido; en cuanto al honor de las gentes del Recuerdo, es Allah mismo Quien se encarga de ello de forma particular. El más verídico en Sus palabras ha dicho: “Y Él es Quien protege a los Justos[7]. Quienquiera busca querellarse con ellos, ataca en realidad a Allah; y quienquiera les auxilia viene en ayuda de Allah.

Las gentes de la Gracia no han cesado ni cesarán de asegurar la salvaguarda de la Vía de Allah en todo tiempo; en efecto, el Pueblo[8] – que la satisfacción divina sea con él – suscitará siempre partidarios y opositores. “Práctica constante de Allah con los que vivieron anteriormente. Y no encontrarás cambios en Su costumbre[9]. Siempre existirán gentes bienintencionadas para elogiarlos y envidiosos para criticarlos. Dicho esto, estas críticas pueden también estar dirigidas tanto a personas verdaderamente religiosas como a otras más débiles sobre este plano; el censor, cuando denuncia la desviación, puede muy bien dejarse llevar por apariencias que se manifiestan claramente equívocas.

En cuanto a ti respecta, criticando sin distinción a todo miembro de las cofradías, y refutando públicamente sus convicciones – es esto lo que haces, ¡oh chayj!, cuando argumentas que no hay en ellos nada más que error, ignorancia y extravío -, manifiestas una actitud sin precedentes en los sabios religiosos (exceptuando aquellos de diferentes sectas desviadas quienes contestan el principio mismo de una elección divina, simplemente porque ellos no son los beneficiarios).

Las gentes de la Tradición[10], por su parte, no han dirigido nunca críticas, si no es a propósito de personas cuya santidad no ha sido objeto de unanimidad. Su punto de vista con respecto al sufismo y sus adeptos consiste en respetarlos y magnificar su grado; sus palabras a este sujeto son los testimonios más equitativos cuya deposición pueda registrarse.

De manera general, las gentes de la Tradición experimentan de forma natural un amor por el sufismo y sus adeptos. Podemos constatar, además, que aquel quien se aventura a denigrar su doctrina[11] baja rápidamente en la estima del sabio, así como en la del creyente de base: hecho este que muestra en realidad que ha bajado en la estima de Allah- que El nos preserve de una tal derrota -. Es por ello que se dice:

Quienquiera se opone a las gentes del Recuerdo encarnizándose injustamente contra ellos, por el desprecio de las criaturas, Allah le probará rápidamente.

Acabo de darte un consejo sincero, esperando que ello ponga un freno a tus ataques- si Allah lo quiere -. “Allah os advierte contra El Mismo[12].

Allah dice en una tradición santísima[13]: “Quienquiera causa mal a uno de Mis santos, Yo le declaro la guerra”. Ahora bien, ¡quien se expone a la guerra divina, ciertamente no se encuentra en seguridad!

El Profeta – sobre él la plegaria y la paz – ha dicho: “Las gentes de mi familia[14] y los santos de mi comunidad son dos arbustos venenosos: quien se frota en ellos, se pica.

En cuanto a las palabras de los sabios sobre este sujeto, son innumerables. Abu-l-Mawahib a-t-Tunusi relata que su maestro Abu Uzman – que Allah esté satisfecho de ellos – decía públicamente en sus cursos: “Que la maldición divina alcance a aquel quien reprueba la comunidad de los sufís. Y quienquiera cree en Allah y en el último día debe hacer la misma imprecación.”

Laqqani – que Allah esté satisfecho de él – cuanto a él, decía: «Quienquiera polemiza con respecto a los sufis se arriesga de terminar mal; un trato severo o un aprisionamiento prolongado será su paga. “Allah os exhorta a no recomenzar si sois creyentes[15]”.

 Constatarás así que un imam escrupuloso experimenta siempre mucha reticencia en hablar mal de los creyentes, por no decir de los miembros de las cofradías.

Pero en fin, si su Islam es la única cosa que te parece aceptable en ellos, reconocerlos la cualidad de musulmán te obliga entonces a respetarlos y a abstenerte de deshonrarlos, evitando con ello consecuentemente el mezclarte en sus asuntos privados conformemente a las disposiciones del Legislador.[16]

El hijo de Umar – que Allah esté satisfecho de su padre y de él – relata la siguiente palabra del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – : “Quienquiera divulgue los secretos de un musulmán y le deshonra con ello injustamente, Allah le envilecerá en el fuego el día de la Resurrección”.[17] Tal es el castigo divino reservado a aquel quien divulga los secretos de un solo musulmán: ¿qué se puede esperar pues aquél quien se mezcla en los asuntos privados, tanto de la masa como de la élite de los musulmanes para deshonrarlos en el seno de la comunidad, y aún mismo entre los no-musulmanes si la cosa llegara a sus oídos?

Ahora bien, es esto lo que tú has hecho, ¡oh chayj! Te has extendido en reprobaciones, pasando un fino peine sobre cosas sin interés. Te has considerado el solo y único representante de la ortodoxia sunita, no siendo, según tu, el resto del universo, sino un grupo de ignorantes e innovadores o de transgresores extraviados. Sí, ¡es así como tú juzgas a los hijos de tu religión!

En cuanto a nos, ignoramos el juicio de Allah a tu respecto; pero, estamos seguros que si te ocuparas de tus propios asuntos, tendrías ya mucho trabajo en vista y ello te dispensaría de interesarte en los asuntos ajenos. Tú eres el ejemplo de las personas a propósito de las cuales el Profeta dice – sobre él la plegaria y la paz – : “Se distingue bien la paja en el ojo ajeno mientras que se olvida la viga que obstruye el suyo”. De hecho, tú olvidas las numerosas vigas las cuales ciegan tu ojo, como pronto te voy a demostrar.

Haciéndote tomar consciencia de dichas “vigas”, te ayudaré, si es posible, a desembarazarte de ellas, suponiendo que seas capaz. Para ello, no tienes otra solución que reconocer pura y simplemente tus errores, y ello depende de tu capacidad en ser objetivo; si posees esta cualidad, esta epístola mía trabajará en tu favor; en caso contrario, ella constituirá una prueba de cargo contra ti. De todas maneras, cuando la leas, procura mostrar una vista penetrante, una razón sana, y colocar tu corazón al abrigo del sectarismo.

Si escribo estas líneas, es con la esperanza de que por ellas, Allâh te libere del mal el cual te alcanza; o de que El libre a tus semejantes, o toda otra persona quien pudiera encontrar placer leyendo tú triste «Espejo» o a quien se regocije en asistir a tus lamentables discursos. Te voy pues a señalar las “vigas”, aquellas la cuales hubieras podido olvidar obstruyen tu vista, si ya Allâh no las ha puesto suficientemente en evidencia por medio de tu «Espejo».

En primer lugar, introduces tu abalorio de atentados al honor de los musulmanes a través de la cita siguiente: “Alabanza a Allâh que nos ha guiado a esto; si Allâh no nos hubiera guiado, nosotros jamás nos habríamos guiado[18].

No sé cual era aquí tu intención: ¿querías simplemente beneficiarte de la bendición inherente de este noble versículo, o bien se trataba de insinuar que los ataques al honor de las gentes del Recuerdo y de sus semejantes, a los cuales (según tú) Allâh te ha conducido, relevan de la guía divina? En el primer caso, está muy bien. Pero si no es así, sabe que la guía no puede tomar la forma de una crítica calumniosa de las gentes de Allâh, salvo cuando “guía” toma el sentido existente en esta Palabra de Allâh – exaltado sea – : “Fuera de Allâh, guiadlos sobre el camino del Infierno[19], o de otros pasajes semejantes.

Tienes razón al llamar a tu obra «El Espejo que manifiesta los errores». Este título corresponde admirablemente a su contenido. Tu “Espejo”, pone efectivamente en evidencia aquello lo cual te habita, y sin él, ¿quién podría constatar tu extravío?

Lo escrito es a la imagen de la inteligencia

Y el interior se evidencia en el discurso.

Un poco más lejos, continuas con un capítulo titulado «Introducción al sujeto de ordenar el bien y prohibir el mal», en el cual, bajo pretexto de aplicar el precepto coránico, reúnes referencias escriturarias[20], las cuales te sirven de subterfugio para dirigir tus ataques al honor de los creyentes. Pero, ante Allâh, esto no te servirá de nada: de la manera en la que se la disfrace, la maledicencia sigue siendo maledicencia. Aun admitiendo que no hayas deseado sino arreglar las cosas, tu prosa testimonia de tu incapacidad para distinguir entre el bien y el mal, lo cual es excusable, pero de ninguna manera lo es de parte de alguien quien pretende ordenar y prohibir.

De cualquier forma en la cual podamos contemplar tu caso, estás lejos de encontrarte libre de toda sospecha.

Si no sabes, es un mal el ser ignorante.

Pero si sabes, el mal es aún más grande.

Si no posees una intuición clara[21] de lo que distingue al bien del mal, ¿cómo puedes entonces ordenar aquél y rechazar éste? Antes de pronunciarte sobre cualquier asunto estás obligado a hacerte de él un concepto justo, no siendo el juicio particular sino una aplicación de ello. Y cuando dirimes, lo debes hacer según el juicio de Allâh, ordenando o prohibiendo según las órdenes y las prohibiciones divinas. Escrupuloso al extremo, debes abstenerte de hablar de la religión según tu opinión o de pronunciar prohibiciones siguiendo tus preferencias. Dice Allâh – exaltado sea – : “Aquellos quienes no juzguen según lo que Allâh ha revelado son los incrédulos”.[22]

¿Has aplicado bien estos principios, tú que vienes a prohibir esto, criticar aquello, declarar a tal grupo en el extravío y tratar a tal otro de innovador? Tu actitud hacia Sus criaturas no testimonia de un gran temor de Allâh, habida cuenta que tu respeto por Muhammad no se adivina en tu comportamiento hacia su comunidad.

 Crees poder ordenar el bien y prohibir el mal, pero, ¿eres acaso digno de ello?

El Profeta – sobre él la plegaria y la paz – ha dicho: “Solamente puede ordenar el bien y prohibir el mal aquél quien hace prueba de dulzura cuando ordena y prohíbe; aquel quien es paciente e inteligente cuando ordena y prohíbe; aquél quien conoce y comprende las reglas religiosas cuando ordena y prohíbe”.

La primera parte del hadiz significa – pero Allâh es más sabio – que no se deben formular órdenes y prohibiciones si no es con dulzura; esto es exactamente lo contrario de lo que tú has hecho en tu « Espejo », ¡oh, Chayj! Hubiera sido mejor abstenerte de toda iniciativa pues, no conociendo, como no conoces, las condiciones del ejercicio de esta función tales como Allâh las ha establecido; esto al menos te hubiera permitido entrar en la casa por la puerta[23].

¿Acaso no has oído nunca la historia de aquél joven quien vino a encontrar al Profeta – sobre él la plegaria y la paz – preguntándole con un tono de voz muy fuerte: “Enviado de Allâh, ¿me permites el tener relaciones sexuales fuera del matrimonio ?” Escandalizadas, las gentes rompieron en exclamaciones, pero el Profeta ordenó de repente: “¡Dejadle, dejadle!”. Después, le ordenó aproximarse y le dijo con dulzura: “¿Te gustaría que se hiciera una cosa parecida con las mujeres de tu familia?”  Y pasó a enumerarle sus parientes próximos: su madre, su hermana y su esposa; cada vez, el joven respondía: “No, eso no me gustaría”. El Profeta concluyó entonces: “Y bien, las gentes son como tú; a ellos no les gusta que se haga eso con las mujeres de su familia”. Seguidamente aplicó su noble mano sobre su pecho haciendo la siguiente invocación: “Dios mío, purifica su corazón, perdónale su falta y preserva su castidad”. En adelante, ninguna cosa le pareció a este joven más repugnante que la fornicación.

Las historias de este género son numerosas en la historia de la vida del Profeta y de sus Compañeros. Una de ellas es la anécdota bien conocida del beduino quien orinó en un rincón de la mezquita. Al unísono, los Compañeros se levantaron para expulsarle sin miramientos, pero el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – se lo impidió y cubrió al hombre con su manto, diciéndole de no apresurarse. Cuando hubo terminado, el beduino exclamó: “Dios mío, concédenos Tu Misericordia a Muhammad y a mí, y no se la concedas a ningún otro”. El Profeta dijo entonces: “¡Estás limitando una cosa inmensa, beduino!”.

Pero tú y yo: ¿tenemos tan nobles maneras? La dulzura no hace más que embellecer las cosas, mientras que la brutalidad no hace sino afearlas. He aquí una parte de cuanto se puede decir a propósito del hecho de ordenar y prohibir con dulzura.

En cuanto a las cualidades de paciencia e inteligencia de las cuales debe estar adornado aquel quien ordena y prohíbe, poseen generalmente un efecto benéfico sobre la persona a quien se dirigen, pues ellas presuponen una real solicitud para esta última. La Revelación hace alusión a ello: “Lleno de solicitud hacia vosotros, bueno y misericordioso con los creyentes[24].

No buscar el quedar por encima cuando se rehúsa a escucharos o se os quita la razón sobre lo que ordenáis o prohibís: he aquí un signo de paciencia e inteligencia. ¿Sabes tú que en el momento en el que uno de los dientes del Profeta – sobre é la plegaria y la paz – le fue roto, se contentó en decir?: “Dios mío, perdona a mi pueblo porque no sabe”. Pudiera ser que tú no seas clemente por naturaleza. En ese caso, deberías adquirir dicha cualidad en la medida de lo posible, en virtud de esta palabra del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – : “La ciencia se adquiere a través del estudio, y es esforzándose en ser clemente que se realiza dicha virtud”.[25]

¿No has oído nunca esta palabra de sayyidina ‘Isa (Jesús) – sobre él la paz – a propósito del destino de su pueblo después de él, tal y como nos lo relata el Qur’an?: “Si Tu les castigas…no son más que Tus servidores. Y si Tú les perdonas… Tu eres en verdad, el Todopoderoso el Sabio”.[26] Considera la excelencia de esta palabra y la benevolencia de la cual testimonia. Sin embargo, y a pesar del asociacionismo del cual su pueblo se volvió culpable posteriormente, no llegó a decir, lo que tú has afirmado de las gentes de la comunidad de Ahmad[27]: que son las peores de las criaturas; y esto, porque, según tú, es un pecado venerar a los santos. Tu corazón es duro y te encuentras vacío de piedad hacia los creyentes: he aquí la verdadera razón de tus alegaciones. Jabir Ibn Abdullah relata que el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – pronunció estas palabras: “Quien no es misericordioso hacia los hombres, Allah no lo será con él[28]. Es pues esta una cualidad particular de la cual debes estar revestido aquel quien ordena y prohíbe.

En cuanto a la comprensión de la religión de la cual debe hacer prueba aquel quien ordena y prohíbe, ese es el fondo del problema, el núcleo de cualquier asunto relativo a ordenar el bien y prohibir el mal; porque la incomprensión de la religión de Allâh lleva generalmente a sentenciar en contra de Su juicio, ordenando el mal y prohibiendo el bien. ¡Qué abominable manera de ejercer la autoridad religiosa, pretendiendo prescribir lo que conviene!

Por tu parte, ¡oh, chayj!, has criticado en tu epístola el bien más elevado, creando así una turbación tan inmensa como verdaderamente nefasta para los musulmanes. La persona quien complete la lectura de tu «Espejo», suponiendo que esta lectura no le haya causado un daño irremediable, se dispondrá en el mejor de los casos, a dudar de su religión y de su camino, pues los actos los cuales antes consideraba eran ofrendas a Allâh, permitiéndole aproximarse a Él, le aparecerán entonces como una transgresión merecedora de castigo. ¿Qué desastre podría causar más daño a la religión? “En verdad somos de Él y a El retornaremos[29].

Es una idea de sentido común, ampliamente compartida, el pensar que una sola reunión en vista del Recuerdo borra gran número de malas acciones; sobre este punto, coinciden perfectamente la convicción de la élite y la del común de los creyentes. Pero tú, oh, chayj, pretendes probar que las reuniones en vista del dikr, sea cual fuere la manera en la cual se practiquen, no son sino innovaciones reprobables, contrarias a las prácticas de los antiguos, sin precisarnos cuáles son aquellas asambleas de Recuerdo las cuales recomienda la Ley. ¡Verdaderamente, debes dejas perplejos a tus lectores! Todo esto resulta probablemente de tu falta de comprensión de la religión divina. He aquí la razón por la cual el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – subordinaba la misión de ordenar el bien y prohibir el mal a una comprensión real de la religión, a fin de evitar que se llegue a ordenar y prohibir inversamente a lo que conviene, como lo acabamos de decir. Antes de ocuparse de esta función, primeramente es necesario haber comprendido bien las nociones de bien y de mal, a través de definiciones claras y explícitas por la Ley, para de esta manera no extraviarse en la dirección inversa. Es por ello, que los grandes sabios son extremadamente prudentes en el momento de abordar una cuestión religiosa sobre la cual no trata casi ningún texto explícito. En cuanto a las cuestiones sobre las cuales ninguna fuente explícita permite juzgar, las decisiones tomadas al respecto no obligan a ningún otro que a su autor, quien no hace otra cosa que emitir un parecer meramente personal. Es por ello que las aplicaciones jurídicas son tan variadas; aún así los principios que las sustentan no dejan por cierto de estar a salvo: ¡Alabado sea Allah! Esto resulta de la facilidad que caracteriza la religión divina, así como ha dicho el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – : “El mejor culto es el más fácil; y la mejor de las obras es el comprender la religión[30]. En consecuencia, aquél quien no la comprende debe abstenerse de hablar de ella. Según Ibn Abdu-l-Barr, Ata decía lo siguiente – que Allâh esté satisfecho de él – : “Aquel quien no está al tanto de las diferencias que existen entre las gentes debe abstenerse de darles opiniones jurídicas; pues en ese caso, la ciencia la cual le escapa es más vasta que aquella la cual posee”.

Lo que indicamos aquí de la necesidad de profundizar no interviene sin embargo en caso de ambigüedad. Cuando el carácter ilícito u obligatorio de algo está establecido por la religión sin duda alguna, todo musulmán en consecuencia debe ordenar el bien y prohibir el mal al respecto, aun cuando el asunto no concerniera sino a una sola persona. Pero aquello en lo cual debemos desconfiar es en ese camino que has escogido ¡oh, chayj! Tú prohíbes o autorizas en función de tu opinión personal y de la envidia que te producen los otros. Dejándote llevar por tu naturaleza e inclinaciones, asimilas el bien a lo que tú apruebas y decretas reprobable aquello lo cual desapruebas. Pero; ¿qué autoridad tenéis pues en la materia, así tú como tus semejantes? ¡Son antes bien Allâh, Su Profeta y las gentes establecidas en la ciencia quienes detentan esta carga! Por tu parte, conténtate con reprobar aquello lo cual la religión ha declarado reprobable y ordenar todo cuanto ha estado claramente establecido como loable, aplicándolo con resolución en lo concerniente a tu persona; en cuanto al resto, no te queda otra cosa sino remitirte a Allâh. Y, sobre todo, respeta los diferentes esfuerzos de interpretación de las autoridades competentes, ya sean sufís o no. ¿No sabes que existen cosas ambiguas las cuales tal escuela jurídica ha decidido prohibir y tal otra autorizar, mientras que una tercera inclina a considerarlas un carácter recomendable, así como otra aún se contenta en desaconsejar?

Este asunto no exige largas explicaciones; pero, ¿qué piensa de ello mi contradictor? ¿Le parece necesario que un muytahid se someta a la opinión de otro? Esto no es necesario, a menos de estar cegado por una intolerancia sectaria tal y como esta que te afecta. ¿Querrías tú que una corriente ampliamente mayoritaria, la cual reúne una multitud de gentes en la tierra entera, se sometiera a tu débil punto de vista, imaginándote que el sufismo no se apoya sobre ningún fundamento sólido? ¡No, por Allâh!, juzgas malamente a las gentes del sufismo, ¡oh, chayj! He aquí la sola respuesta que mereces (y es también válida para aquéllos quienes se asemejan a ti): ¡el más pequeño de los sufís muestra seguramente más escrúpulo que tú en su práctica religiosa!

Pretendes apoyarte sobre Su Palabra – exaltado sea – “Sois la mejor comunidad que se ha suscitado entre los hombres: ordenáis el bien y prohibís el mal[31]. A lo cual yo respondería que nadie contesta el sentido de este versículo o de otras citaciones hechas por ti: ordenar el bien y prohibir el mal son efectivamente obligaciones que incumben a toda persona quien cree en Allâh, en el Profeta y en el Ultimo Día. Al contrario, lo que yo contesto es la manera de conceder al «mal», al cual es conveniente oponerse, un sentido que no posee en este versículo, incluyendo en ello las reuniones de Recuerdo y el conjunto de prácticas del sufismo. A mi parecer, son antes bien las ideas que sostienes en tu «Espejo» las que merecen ser corregidas.

Su Palabra – exaltado sea – : “Sois la mejor comunidad suscitada entre los hombres”, puede dirigirse, bien a los creyentes de una forma general o a la élite de éstos. Tomado en su sentido general, este versículo significa que los creyentes están encargados, entre todas las comunidades, de ordenar el bien y prohibir el mal; esta función es la de los Profetas, de los Enviados y de los Verídicos (saddiqun), y ellos la ejercen en referencia al conjunto de otras comunidades. En este caso el “mal” es una expresión la cual designa todo asociacionismo, mientras que el “bien” se refiere a la atestación de la Unicidad divina y a todo cuanto se desprende de ello. Tomado en su sentido particular, este versículo trata de las órdenes y prohibiciones que las gentes de la élite se dirigen mutuamente; el “mal” y el “bien” designan entonces respectivamente las costumbres condenables y loables. Pero, en este último caso, el pronombre “os” no se dirige en el fondo, propiamente hablando, sino a aquellos quienes guían a las criaturas y las llaman a Allâh por Allâh. Es a su respecto que el Profeta – sobre él la plegaria y la paz – ha dicho: “Habrá siempre sobre la tierra cuarenta hombres semejantes al Amigo del Misericordioso (Abraham). A causa de ellos recibís la lluvia y por su causa seréis alimentados. Cada vez que uno de ellos muere, Allâh le reemplaza por otro[32]. Es así que a cada profeta está asociada espiritualmente una categoría de personas de la comunidad de Muhammad – sobre él la plegaria y la paz – ; y estas cohortes, las cuales existen en cada época, son en el fondo los interlocutores más directos de esta sentencia divina. En efecto, ellos son los más cualificados para cumplir con esta misión de ordenar el bien y prohibir el mal.

Preformados para ello desde toda la eternidad, ellos poseen naturalmente las cualidades exigidas por esta función. Si otros lo aseguran, no es sino a título ocasional y en función de circunstancias pasajeras. Por mi parte, pienso que, en general, estas personas de las cuales se trata no existen sino es entre las gentes del Recuerdo, aquellos quienes, según explica un hadiz, el cual será relatado más adelante, “se dedican exclusivamente a la invocación de Allâh”. No es sino en aquellos quienes están adheridos al sufismo, aquellos mismos a quienes tú tratas de innovadores, donde se encuentra a las gentes quienes “se dedican exclusivamente a la invocación de Allâh” o “están completamente inmersos en Su Recuerdo”, utilizando para ello las expresiones presentes en varias tradiciones. Los demás, sean quienes sean, no alcanzan su grado en la invocación de Allâh; los únicos quienes están a su nivel son aquellos quienes les aman, sus ancestros espirituales y las gentes de su cadena iniciática. En toda evidencia, pongo aparte las tres primeras generaciones, en favor de las cuales ha testimoniado el Profeta; pero todo esto es evidente desde el momento en el cual se comprende lo que son el sufismo y los sufís.

En cuanto a aquel, para quien esta expresión no designa otra cosa que una multitud perteneciente al grueso del pueblo, se arriesga a hacerse una idea falsa del sufismo, identificando éste, el cual el mismo no conoce, a las prácticas de las gentes a las cuales él mismo conoce y a quienes el mismo apoda “sufís”. Pero ¡cuánta diferencia entre aquello que tú conoces y el sufismo del cual no sabes nada! Por Allâh, hermano, si la naturaleza del sufismo, su conocimiento y su fin te fueran desvelados, te contentarías con ser un niño en presencia de las gentes de Allâh.

Invocas en favor de tu tesis Su palabra – exaltado sea – “Los creyentes y las creyentes son amigos y aliados unos de otros, ordenan lo reconocido y prohíben lo reprobable[33]”. Sin embargo, aquí no te interesas más que en la última parte del versículo, dejando de lado la primera. Ahora bien, no obstante, ésta condiciona a la segunda, estableciendo el principio de protección mutua la cual deben concederse entre los creyentes, con el carácter sagrado de sus bienes, de su honor y de la sangre derramada por ellos. Es pues conveniente el definir la naturaleza de esta fe, la cual nos obliga a la fraternidad, a la responsabilidad y a la ayuda mutua entre unos y otros.

¿Qué es la Fe? La respuesta es simple – pero Allâh es más sabio – ya que el Legislador nos la ha dado él mismo. Se trata de creer en Allâh, en Sus ángeles, Sus Libros, Sus Enviados, en el Destino y en el Ultimo Día[34]. Es obligatorio proteger a cualquiera que profese esta Fe y prohibido está el agredirle. Ahora bien, esta es una fe la cual caracteriza (pero Allâh sabe más) a cada miembro de la comunidad, y esto a pesar de las divergencias en materia de aplicación de los principios; mientras estos últimos se encuentren a salvo, las diferencias son de carácter benigno. Así, aquél quien esté autorizado por Allâh para explicarse, deberá estar seguro, haciendo esto, que preserva los lazos del Islam y favorece a la comunidad religiosa. No debe pues atacar las convicciones de los miembros de la comunidad, ni denigrar sus doctrinas, ni decretar a éstas como falsas, pues ello conduciría a los chismes y al rechazo mutuo, suprimiendo entonces toda posibilidad de comprensión armoniosa entre los musulmanes.

¿No eres consciente, ¡oh, chayj!, del desarraigo de la comunidad, fruto de los errores del pasado? He aquí a lo que nos ha conducido el sectarismo exagerado de aquellos quienes no admiten otra escuela que la suya. Cada uno deshonra al otro y le juzga en función de sus propias convicciones. Sin embargo, todos son creyentes, aun si la exclusividad de algunos les ha conducido a romper los lazos de fraternidad religiosa, han terminado por romper la unidad nacida de los dos testimonios de fe, de la práctica de la plegaria, del ayuno del Ramadán, de la recitación del Qur’an y de todos los principales ritos musulmanes.[35]

Así pues ¡es bien inútil ocuparse de reproducir los errores del pasado! Por Allâh, ¡qué has hecho, chayj! ¿Por qué te has precipitado en reavivar los problemas del pasado tratando así de minar uno de los pilares esenciales del Islam, un principio fundamental en el cual se apoyan los musulmanes y en cuyo respeto han sido educados? Se trata del amor a los miembros de las cofradías del cual te acabo de hablar. Hoy en día, los musulmanes tienen miramiento por ellos y los veneran de una forma natural; ellos tienen en alta estima al sufismo y sus adeptos. Pero tú, al contrario, declamas que no existe en él más que error, ignorancia y extravío, entre otras acusaciones con las cuales les agredes. Has roto los corazones de manera irreparable, a menos de arrepentirte sinceramente y de excusarte por ello.

No debieras haber acometido la crítica de esta escuela antes de saber quién la ha instaurado y cuáles son sus diez principios; ¿no tienes tú mismo la costumbre de exigir un conocimiento previo de estos elementos para cada disciplina? Una vez adquirido este mínimo, habrías podido hablar a tu guisa. No obstante, tengo la impresión de que tus conocimientos son ligeros; o antes bien son tus capacidades de comprensión las que son débiles; o puede que sea lo uno y lo otro a la vez. Esto explicaría que en los textos de los cuales dispones, los de Zanjani o Ibn ‘Arjum por ejemplo, nada haya podido informarte sobre el arte del sufismo. Si no te hubieras limitado sino a los resúmenes, no te hubieran escapado dos textos: El “Murshid al Mu’min” (el Maestro creyente) concerniente a las obras religiosas y el “Ŷawhar al maknun” (El diamante interior) a propósito de la retórica. Estas dos obras se interesan en el sufismo: en la primera, una sección independiente le es consagrada al final de la obra; la segunda aborda el sujeto en el cuadro de las digresiones destinadas a atraer la atención del lector – que Allâh recompense a su autor – . ¿Las has descartado entonces porque tú rechazas el sufismo como principio? ¿Te parecen desdeñables? Lo desconozco, pero de todas formas, tu crítica del sufismo va demasiado lejos; sea como sea, su renombre nos dispensa de llamar testigos al estrado. En fin, si Allâh te concede vida y deseas ocuparte de cuestiones religiosas y, es más, aconsejar a otros en la práctica de éstas, haz de tal manera que tus postulados favorezcan la unidad de la comunidad musulmana; es necesario reforzar los lazos religiosos y la fraternidad musulmana y dejar de lado las diferencias de punto de vista en cuanto a la aplicación de los principios. ”Di: ¡Oh gentes del Libro! Aceptad una palabra que nos sea común: no adoraremos sino a Allâh y no Le asociamos nada; y no nos tomemos los unos a los otros por señores a cambio de Allâh”[36].

Por Allâh, ¿has reflexionado bien el por qué de este versículo y a quien se dirige?

¡Qué excelente manera de unir los corazones! ¡Y qué diferencia con tu manera de proceder! Puede ser que me digas que este versículo concierne únicamente a las gentes del Libro. Y bien, yo diría que debes conceder a los sufis al menos el mismo rango: tú no confirmas sus palabras, pero no los tratas de mentirosos. Es lo mínimo de todo cuanto se puede pedir en materia de equidad; pero ¿quién se preocupa hoy día por la equidad?

[1] La mezquita llamada Zaytuna

[2] Corán: 22 – 30

[3] Alusión hecha al versículo 5-56 del Qur’an “…lucharán en el camino de Allâh y no temerán la calumnia del maledicente…”

[4] Dikr: Esta palabra designa, tanto las invocaciones como los estados del corazón, los cuales hacen recordar a Allâh, (Dios). Dicho recuerdo, bajo diferentes modalidades, es el medio más eficaz para llegar al conocimiento de Allâh (ma’rifa). Cuando es realizado por medio de letanías, éstas atraen hacia el corazón puro el recuerdo incesante del corazón, en el cual se han instalado la Sakina (Presencia) y la Mahabba (Amor) divinos. Se le nombra precisamente Recuerdo porque antes de venir a este mundo los espíritus de los seres humanos se encontraban en el ‘Azal esperando su momento. Allí contemplaban a Allâh, pero al llegar a este mundo y asociarse con el nafs y las limitaciones corporales, el ser humano no ha podido retomar dicha contemplación. Es entonces con la práctica del sufismo que el Ruh puede llegar a “recordar” su morada.

[5] (Kanz – 7214). Se llama hadiz a las palabras y hechos del Profeta, las cuales deben servir a los musulmanes, tanto de guía como de modelo. En ocasiones, dichos hadices aclaran las aleyas del Corán: es siguiendo el ejemplo del Profeta como se ha llegado a establecer la manera correcta de realizar la plegaria y las abluciones. En cuanto a la obra de hadices llamada Kanz al-Ummal se refiere, se trata de la recopilación de hadices más extensa en el mundo islámico. Fue Ali ibn Abdul Malik al Hindi quien recopiló todos los hadices provenientes de los otros sahih (colecciones auténticas de hadices) en el siglo XVI de la era cristiana (siglo X de la hégira).

[6] Kanz – 7217.

[7] Corán 7-196.

[8] El término árabe Qawm, puede ser traducido por pueblo. En este caso, el chayj al-Alawi llama a los sufís “El Pueblo”; más adelante veremos la justificación que él mismo da a esta denominación.

[9] (Corán 33-62)

[10] Ahlu-s-Sunna. Se designa así a aquellos quienes siguen el ejemplo del Enviado, además de los edictos del Corán.

[11] Madhab: escuela jurídica islámica la cual constituye un bloque, permitiendo a las gentes el encontrar una referencia en la práctica de la doctrina. Las principales escuelas en el Islam son cuatro: Maliki, Hanbali, Hanafi y Shafi’i. Los musulmanes en general pueden practicar uno de estos cuatro cuerpos doctrinales. Las diferencias entre ellos son leves y se refieren a puntos no fundamentales de la doctrina islámica general. Aquí, el chayj al-Alawi, añade a estos madhabs el de los sufís; y ello con total justificación, en tanto y en cuanto el sufismo no puede ser practicado por todos los musulmanes, sino por una élite intelectual, conformada por aquellos quienes buscan explorar los estados espirituales más elevados.

[12] (Corán, 3-28, 3-30).

[13] Hadiz Qudsi: Se dice de las palabras pronunciadas por el Profeta Muhammad, a través de las cuales Allâh habla en primera persona. El Profeta comenzaba dichos hadices por las palabras: “Dice Allâh Altísimo…”

[14] Familia sanguínea del Profeta a la cual se llama “Ahlu-l-Bayt” (gentes de la casa)

[15] (Corán, 24-17)

[16] Hadiz reportado por Tirmidi e Ibn Maya (Kanz – 8291): “Una de las virtudes del musulmán es el de no mezclarse en aquello que no le concierne”.

[17] Kanz – 8031 y 8067.

[18] (Corán, 7-42).

[19] Corán 37-23.

[20] (Dalil) Se refiere a las palabras de Corán, hadiz u obras literarias de sabios contrastados del Islam.

[21] Basira: es decir, clarividencia espiritual: “Di: este es mi camino. Llamo a la adoración de Allâh basado en una clara visión (basira), tanto yo como los que me siguen” (Corán 12-108).

[22] Corán 5-46.

[23] (Corán 2-188): ¡Entrad a las casas por las puertas!

[24] Corán, 9-129.

[25] Daraqutni y Tabarani (Kanz – 29265).

[26] Corán 5-120.

[27] Uno de los nombres del Profeta. Sus tres principales nombres son: Muhammad, Mahmud y Ahmad.

[28] Bujari y Muslim (kanz – 5972).

[29] Corán 2-155.

[30] Reportado por Ibn Abdu-l-Barr (Kanz – 5353).

[31] Corán 3-110.

[32] (Kanz – 34602-34603). Este hadiz es fundamental a fin de fijar los principios de jerarquía espiritual. Estos cuarenta con el corazón como el de sayyidina Ibrahim (Abraham) existen indudablemente en nuestros tiempos. Sin embargo, pocos son capaces de fijar su localización, exceptuados aquellos a quienes Allâh les ha provisto de un vista penetrante (Basira). Especial mención merece el hecho de indicar que la gran mayoría de los sabios de la comunidad, en estos tiempos, se encuentran lejos de dar a este hadiz la importancia debida, siendo ésta una de las causas principales de división en cuanto a puntos esenciales de la doctrina. Esta circunstancia no se encontraba aún presente en la época del autor de este libro. Sin embargo, en nuestros tiempos, y en muchos de los “sabios”, las consideraciones mundanales se encuentran por delante de las doctrinales. Por otra parte, algunos medios de información, financiados por tales o cuales tendencias, potencian el desconocimiento de los verdaderos sabios, los cuales no hablarán nunca siguiendo consignas políticas o económicas.

[33] Corán 9-72.

[34] Parte de un célebre hadiz transmitido por Umar Ibn al-Jattab, según el cual el ángel Gabriel (Yibril – ‘alayhi-s-salam), se presentó al Profeta – sobre él la plegaria y la paz -, cuando éste se encontraba reunido con sus Compañeros. Ellos quedaron extrañados, cuando pudieron observarle revestido con forma humana, vistiendo un hábito blanco, limpio de cualquier marca de viaje. Yibril comenzó a preguntar a Muhammad sobre los fundamentos del Islam y el Profeta iba respondiendo, designando, uno a uno, los pilares sobre los cuales se fundamenta la Religión.

[35] Se refiere a las doctrinas wahabita y salafi. A pesar de que el Profeta dijo que todo debería hacerse en yama’a (grupo), los wahabitas han comenzado a decir, sin base legal alguna,  que está prohibido reunirse para recitar el Qur’an en grupo en las mezquitas después de las plegarias de la mañana y de la puesta del Sol. Este es solamente uno de los ejemplos de estas digresiones las cuales han tomado plaza de más en más en la comunidad musulmana.

[36] Corán 3-64

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Una Respuesta a PALABRA CERTERA PARA AQUEL QUIEN CRITICA AL SUFISMO – I – CHAYJ AL ALAWI

  1. Selamun Aleykum Estimado Shaykh

    Excelente website …. Alhamdulillah
    Que Allah le Bendiga

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