LOS GRADOS DE LA FE Y DE LA PERFECCION

En el Nombre de Allâh, el Todo Misericordioso, el Que Manifiesta Su Misericordia; y la plegaria y la paz sobre Muhammad, el sello y corona de los profetas, así como su familia purificada y sus nobles compañeros.

Dice una aleya del Qur’an (33-35):

En verdad que a los musulmanes y a las musulmanas, a los creyentes y a las creyentes, a los obedientes y a las obedientes, a los veraces y a las veraces, a los pacientes y a las pacientes, a los humildes y a las humildes ; a los que dan con sinceridad y a las que dan con sinceridad, a los que ayunan y a las que ayunan, a los que guardan sus partes íntimas y a las que las guardan y a los que recuerdan mucho a Allâh y a las que le recuerdan, Allâh les ha preparado un perdón y una enorme recompensa.

COMENTARIO

Un lector superficial, a primera vista, pensaría que ha realizado un gran descubrimiento al leer esta aleya. Mediatizada como lo está una buena parte de la ‘Umma con las cantinelas de sirena mediáticas con respecto a la igualdad de género; mediatizada hasta tal punto que en cualquier cosa quieren ver eso, muchos y muchas querrán haber obtenido una prueba coránica de la igualdad del hombre y de la mujer.

 ¡Pero nadie en el Islam ha dicho que en el dominio de la Fe y el Conocimiento superior haya diferencias; en el Islam siempre ha sido igual un wali a una wali, un mu’min a una mu’mina! Aun así este versículo solamente puede referirse a ello de manera colateral.

Pero aquí, hermanos/as, fijaos bien, Allâh nos está mostrando los grados del Imâm en orden ascendente.

Los musulmanes y las musulmanas: Los que creen en las dos atestaciones, en los principios de la Fe, se preservan de lo prohibido y realizan los actos obligatorios.

Los creyentes y las creyentes: No todos los musulmanes son mu’minin, pero estos si han de ser musulmanes. Son aquellos que han afirmado su fe, su convicción en el Mensaje; que han convertido a éste en la parte central de sus vidas y que viven en un continuo desvelo por dar relieve a las Voluntades divinas.

Los veraces y las veraces: Aquellos/as que han asentado la sinceridad en sus corazones hasta tal punto que su marca distintiva es la verdad. No solamente hasta el punto de “intentar” decir la verdad de toda cosa, sino hasta el punto de que las verdades salen por sus labios y que sus actos reflejan la luz de la Verdad, en mayor o en menor intensidad. Dicho en una palabra: ellos/as se han convertido en testimonios vivientes de la Verdad.

Los pacientes y las pacientes: Aquellos/as que soportan con dignidad las adversidades de la vida, sabiendo que proceden de Allâh; aquellos quienes no corren detrás del brillo de la vida mundanal, conteniendo sus ímpetus y su amor a este mundo y relegándolo a lo que les ha sido prometido en la vida del Ajira; aquellos a quienes si un mal les llega se refugian en Allâh diciendo: “No hay fuerza ni poder sino en Allâh”. Aquellos que piden a Allâh día y noche por un tiempo dilatado con plena confianza en que su súplica será escuchada por el Todo Misericordioso, el Generoso, el Dador.

Los humildes y las humildes: Aquellos/as que se tienen por nada ante su Señor y que no se creen en méritos por encima de nadie, sabiendo a ciencia cierta que todo bien procede de Allâh y todo mal de sus propias almas. Aquellos quienes agachan sus cabezas y espaldas ante el poder de Allâh, sabiendo que son débiles e incapaces de nada sin el auxilio divino.

Los que dan con sinceridad y las que dan con sinceridad: Dar es dar ¿por qué con sinceridad? Precisamente porque aquel quien da buscando con su gesto el Rostro de Allâh, posee un grado superior de consciencia al conocer que a él no le pertenece nada de lo que Allâh le ha dejado en depósito. Él o ella se considerean solamente administradores y no poseedores como tales. Esto se refiere, no únicamente a las posesiones materiales sino a lo que el corazón ha adquirido como fe y conocimiento. El que tiene bienes materiales y los da con sinceridad tiene un grado; pero aquel quien posee bienes espirituales o conocimiento, y los imparte con la consciencia de que ambos pertenecen a Allâh, es mejor en grado que aquel quien solamente reparte bienes materiales.

Los que ayunan y las que ayunan: Dicho ayuno no se refiere exclusivamente al que se hace en el mes de Ramadán o de manera voluntaria. Al contrario, se refiere a la renuncia al disfrute de los bienes materiales y a considerar a estos como un juego de niños. Efectivamente, aquellos quienes aman del disfrute de los bienes materiales se asemejan a los niños que necesitan juguetes para sentirse alegres. Es por esto que las personas quienes han alcanzado un grado desde el cual las posesiones son vistas como un complemento, necesario a veces, poseen una madurez en el mundo de la Fe y el del Espíritu superior al del resto de los humanos que juegan con las posesiones como niños inmaduros.

Los que y las que guardan sus partes íntimas: No se trata únicamente de cubrirnos de la desnudez, sino ante y sobre todo, al hecho de guardar secreta nuestra relación con Allâh – exaltado sea – ; una relación dentro del cuadro de una intimidad a la cual nadie puede ni debe acceder. Son aquellos/as creyentes que guardan lo que debe ser guardado, que fieles a su Dueño no divulgan los secretos de su proximidad ni de su relación con el Señor de los mundos, preservando así su honor y su intimidad.

A los y a las que recuerdan mucho a Allâh: En efecto, cuando un creyente ha pasado por los estadios precedentes, se convierte en uno de aquellos que recuerda a Allâh incesantemente. Es decir, su atención hacia el Creador, su proximidad a Él, ha convertido su ser en un verdadero servidor, el cual espera una orden para que sea ejecutada. No un servidor ciego y hueco, un autómata al servicio con una obediencia ciega, sino alguien quien conoce la importancia de lo que ejecuta y de lo que se le ordena, la naturaleza y el alcance de la Orden divina. Es por ello que Allâh le ha nombrado Su wali (amigo confidente). Dicho recuerdo de Allâh se convierte en continuo e incesante y su vida no tiene otro sentido que el verse en la Presencia divina todo el tiempo, proyectado éste hasta la eternidad.

Y al final el premio por haber recorrido todos estos grados de perfección no es otro que el perdón y una enorme recompensa.

El perdón

Obtener el perdón no es solamente librarse del Infierno, sino purificarse para ser aceptado por Allâh en Su Santa Presencia. Por este motivo nuestro profeta – sobre él la plegaria y la paz – pedía perdón 70 o 100, aun sabiendo que Allâh ya le había perdonado. Él quería purificarse al extremo a fin de que no le quedara mancha ni olvido alguno el cual pudiera ser tenido en cuenta por Allâh.

Una enorme recompensa

En cuanto a la recompensa ¿qué podemos decir aquí? ¿Os parece poco permanecer eternamente en el Estanque del Profeta – sobre él la plegaria y la paz – en compañía de los profetas, los compañeros y los santos? ¿Os parece poco que Allâh alce sus velos y se os presente de una hermosa manera? Todo ello para toda la eternidad sin oír otra palabra que: “Paz” al lado de un Señor Bello e Inmenso, cuya Perfección no puede ser expresada por medio de la palabra.

Que Allâh nos perdone, nos guíe, nos dirija de las tinieblas a la luz y nos otorgue el Firdaws.

Abdul Karîm Mullor

 

Esta entrada fue publicada en Ihsan. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *