RADICALIZACION DOCTRINA DEL ISLAM IV – ATATURK – LOS SUFIS

En el Nombre de Allâh – el Todo Misericordioso – el Que Manifiesta Su Misericordia – y la plegaria y la paz sean sobre Muḥammad, corona y sello de profetas y enviados, su familia purificada y sus compañeros.

LA CAIDA DEL IMPERIO OTOMANO – CONSECUENCIAS

Mustafa Kemal Ataturk realizando el saludo masón de la mano escondida.

Habida cuenta de que la nueva “religión” debía abrirse paso, y de que la situación imponía que se hiciera “por las malas”, Muḥammad Ibn ˤAbdil Wahhab declaró que todo aquél que se apartara o que no aceptara su Trinidad del Tawhid, era un idólatra; por tanto, y desde ese instante despojarle de su vida era lícito, así como repartir sus bienes y su hacienda.

La familia Saˤud se encargaba de “limpiar Arabia de idólatras” por medio de la amenaza o de la espada. De esta manera, fueron consideradas las cuatro escuelas jurídicas del Islâm como extraviadas de la Vía recta, a fin de anular y acallar, en ocasiones a cuchillo, la voz de los sabios que se oponían a él. Lo mismo les ocurrió a los sufís, quienes fueron tachados de idólatras porque construían santuarios que albergaban las tumbas de los ‘awliyya (santos) y acudían a ellas para aprovechar la Baraka del lugar; Baraka esta existente en el lugar por la pureza de la persona que ahí yacía en cuerpo, estando su alma viva y cercana a Allâh.

Inventaron con maldad que cualquiera que fuera a la tumba era para rezar al muerto; hecho este que constituye una calumnia demoníaca, cuando en realidad, tanto los sabios como la gente del pueblo, acudían a ellas buscando la Baraka allí presente producida por la satisfacción (reda) de Allâh con su morador.

De esta manera, el Naŷd y el Ḥiyas se llenaron de los cadáveres de los mártires asesinados por aquellas hordas  de depredadores sangrientos e insaciables que merecían cualquier apelativo salvo el de musulmanes.

Así, después de la muerte de este pequeño, hirsuto y malvado hombre, sus descendientes despoblaron Arabia de sabios y de ‘Islâm. Y ello estuvo así hasta que apareció la figura de otro personaje malvado donde los haya: El Teniente Lawrence, quien viendo el proceso enquistado por la presencia del poder Otomano, quiso relanzar una revuelta para así acabar con el poder turco y con él ‘Islâm, en aquella península donde los hijos de su graciosa majestad tenían tantos y tan jugosos intereses.

El Wahabismo resurgió con un ímpetu sin igual en una época donde el califato Otomano iba a dejar de existir de una vez para siempre.

La Primera Guerra Mundial, “quién sabe comenzada por quién y para qué” fue la criba; el tablero donde las estrategias británicas buscaron su acomodo de poder en la región. Los ingleses lanzaron a los griegos contra los turcos para hacer creer a éstos que los helenos eran los enemigos, cuando en realidad era a ellos a quienes había que temer y de quienes había que guardarse. Los ingleses buscaban dominar todo el Oriente Medio, al igual que lo hacían con la India, y para ello la desmembración del califato era la oportunidad de oro. Ya pusieron en Egipto un reyezuelo corrupto, el rey Faruq, y asimismo fueron haciendo en todos los países de la región, en la cual pusieron sus piezas en cada trono, no sin antes haberse asegurado de que habían agachado la cabeza al poder inglés mediante su inscripción “de facto” en la Masonería: la religión del Diablo creada para extender el poder diabólico en toda la tierra. De hecho, la Masonería no era un lugar desde donde se tomaba decisiones, pero si constituía el punto de encuentro de toda aquella maldad, desde donde se planificaba en secreto todo aquello que en política debía quedar a buen recaudo, convenientemente guardado y escondido del conocimiento popular y de las clases medias; todo esto se traducía en crímenes, corrupción, guerras y saqueos. ¿Qué más se podía esperar de un país como ha sido y es Gran Bretaña, cuya historia se encuentra salpicada de guerras, magnicidios, traiciones y actos de piratería?

El peor elemento que pusieron en plaza los ingleses en aquella región fue Mustafa Kemal Ataturk. Este sangriento personaje fue el segundo Muḥammad Ibn ˤAbdil Wahhab de la historia. Resultó ser con su concurso que los ingleses terminaron de destruir el califato. Masón, anti musulmán, anti sufí, declaró al pueblo que los males que sufría su país era a causa de los hombres de religión; estableció un poder laico y asesinó a todo hombre de fe ilustre y honrado. Ataturk asesinó simplemente a cualquier oponente, sacrificó mediante matanzas toda tariqa de Tasawuf cuyos miembros no quisieran adherirse a su movimiento; compró a funcionarios, militares y religiosos corruptos, y creó un engendro de nación que asegurara los intereses británicos en la zona.

EL PROBLEMA DEL SUFISMO

Ambos personajes: Mustafa Kemal Ataturk y Muḥammad Ibn ˤAbdil Wahhab tenían fijación con el sufismo. Precisamente el tasawuf era el único ámbito del Islâm que quedaba fuera de la política. Pero además de esto, el Sufismo siempre había sido una referencia para las gentes de bien; ya sea para la gente del pueblo como para sabios de Fiqh y legisladores del ‘Islâm. Los Sufies eran la referencia de la Comunidad Musulmana; constituían una reseña moral y doctrinal; eran reconocidos por los ‘ulama como detentores de la pureza de las costumbres y pioneros en el servicio desinteresado de Allâh y de la religión.

Aparte del hecho de que los grandes ‘ulama y de los legisladores de los tres primeros siglos eran sufís o aprendían de ellos, las cofradías siempre dieron un ejemplo moral de desprendimiento de los bienes de este mundo, mostraron un desprecio profundo al poder mundanal y una integridad propia únicamente de aquellos quienes se consagran a Allâh, con toda sinceridad y con absoluta integridad.

Los cuatro imames (Malik, Ibn Hanbal, Abu Hanifa y Šafi’i) eran sufís y legislaron bajo el auspicio de sus maestros; Hassan Basri fue uno de los padres del sufismo junto con Zawban, Sufyan Tsawri, Rabbi’a Al Adawwiyyat, Junayd al Bagdadi, Abu Ŷazid Bastami en aquellos primeros tiempos; más tarde fueron seguidos por otros tantos grandes maestros del Tasawuf, quienes además fueron ‘ulama, como:

Abdul Qadir Jilani; Abu Bakr Ibn Arabi al Jatimî, Abu Hamid Gazali, el ‘Imâm Šadili, Ibn Ata’i-l-Lâh al Iskandari, Abu-l-Abbas al Mursi, Abdu-s-Salam Ibn Mašiš, al Arabi A-d-Darqawi, Ahmad Tijani e Ahmad Ibn Mustafa al ˤAlawi, entre muchos otros.

Estas cofradías, cuyos miembros mostraban una integridad a prueba de terremotos, resultaban ser un peligro para los líderes corruptos de las emergentes naciones árabes, nacidas del desmembramiento del Imperio Otomano. Eran peligrosas por la influencia que ellas tenían sobre el pueblo, de quien vigilaban la sanidad de las costumbres y la integridad de sus gentes. Aquello no podía seguir así, y la única manera de hacerlos desaparecer era asesinarlos. En realidad estos dos engendros de la naturaleza fueron conocidos por los asesinatos múltiples de los miembros íntegros de las cofradías. Pero no se podía asesinar a todos, así que el segundo paso fue la creación de falsas tariqas sufís con el beneplácito del gobierno, para así sofocar revueltas, acallar protestas y “canalizar” y desviar vocaciones. Estas nuevas tariqas necesitaban, no solamente nuevos líderes adscritos a la Masonería, sino una nueva doctrina portadora de ese “Islam laico” que tanto gustaba a Ataturk.

Dos figuras “relevantes” en esta obra de maldad terminaron esta tarea de una forma ni tan siquiera soñada por sus promotores intelectuales: Badiuzzaman Saˤid a-n-Nursi en Turquía y Hassan al Banna en Egipto. Pero no precipitemos. Nos hemos propuesto seguir la radicalización de la doctrina del Islâm siguiendo un estricto orden cronológico, por lo cual dejaremos estos movimientos para más adelante y nos centraremos en las sectas que tomaron  nacimiento en Egipto y Pakistán, que fueron, junto con Arabia y Turquía, los países que más veneno engendraron para derribar el ‘Islâm, modificando todo cuanto se pudiera la doctrina islámica de referencia.

Abdul Karim Mullor

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